Black Mirror, entre la ficción y la realidad

Omnipresencia de las pantallas en nuestras vidas, alienación de los humanos por las nuevas tecnologías… Estos son los resortes de Black Mirror, serie ambientada en un futuro cercano. La serie, que describe una sociedad contrautópica muy realista y aterradora, no oculta su ambición. Denunciar los «espejos negros» presentes en nuestros bolsillos, colgados en nuestras paredes, y pronto integrados en nuestra carne.

Un estudio ha estimado que miramos nuestros teléfonos una media de 150 veces al día. Es quizá ahí donde la serie (que vemos en una… ¡pantalla!) encuentra su fuerza: en su capacidad para alertarnos de lo que ya está presente, que cada vez lo está más y que, en el futuro, si no decidimos ponerle freno, gobernará nuestras vidas. El mensaje es claro, el enfoque eficaz.

Una serie «antológica»

Es lo suficientemente raro como para subrayarlo, los episodios no tienen vínculos cronológicos, ni personajes comunes entre ellos. Lo que les une es la misma dependencia de todo lo que tiene una pantalla. La diversidad de las situaciones permite una visión completa y amplia de las derivas potenciales, o incluso ya presentes, debido a las pantallas. La primera temporada, por ejemplo, comienza con un episodio sobre el Primer Ministro británico. Un desconocido le chantajea en la televisión en directo, diciéndole que aparezca en todos los medios de comunicación para aparearse con un cerdo, o de lo contrario la futura reina de Inglaterra, adorada por los ciudadanos, será condenada a muerte. ¿Un poco exagerado? Tal vez, pero esa no es la cuestión. De hecho, este episodio alerta sobre la presión social y la influencia de los medios de comunicación en la sociedad. Este episodio se lleva a las tripas, y la calidad de los actores no es para menos. Para no desvelar todos los escenarios de Black Mirror, es inútil hacer una lista exhaustiva. Pero aun así, esta serie es impactante. A pesar del corto formato de cada episodio (entre 45 minutos y una hora), se abordan muchas posibilidades.

Una herencia asumida y actualizada de Orwell

Con este punto de partida, la influencia de George Orwell, Aldous Huxley o Ray Bradbury es evidente. Y Charlie Brooker, el creador de Black Mirror no lo oculta. La omnipresencia de las pantallas y la vigilancia generalizada que inducen nos hacen pensar inmediatamente en estos escritores visionarios. Asimismo, el carácter revolucionario de muchos de los personajes centrales de cada episodio recuerda a Winston en 1984. Sin embargo, y es lógico, la serie actualiza las tesis de estos escritores, les da una resonancia más moderna, más contemporánea y menos utópica que la que tenían en el momento de escribirlas. Encontramos referencias a programas musicales, como La Voz, a la industria pornográfica, a las nuevas tecnologías que nos permiten tener pantallas directamente en nuestro cuerpo, como las Google Glasses, o los relojes-teléfono… Este anclaje en nuestra vida cotidiana da mucha fuerza al mensaje que lleva Black Mirror.

Entre el ya y el futuro contrautópico

Anclada en un futuro (¿demasiado?) cercano, el objetivo de la serie es, efectivamente, evitar que ocurra. ¿Pero no está ya ahí? Charlie Brooker es muy consciente de ello. En este sentido, quiere sensibilizar al espectador utilizando las «armas del enemigo» contra él, es decir, utilizando las pantallas, para denunciarlo. Y hay que reconocer que la tarea está bastante bien lograda con Black Mirror.

A veces conmovedora, a menudo repugnante, la serie no deja indiferente en ningún caso.

Black Mirror es una serie de ficción, pero Charlie Brooker no ha hecho sólo eso. En una serie menos «ficticia», se dirige a sí mismo. Es Cómo la televisión arruinó su vida. He aquí un episodio especialmente llamativo, a veces disparatado, pero que marca el tono de la obra de Charlie Brooker. Tenga en cuenta que Black Mirror, si está básicamente relacionado con Cómo la televisión arruinó su vida, es menos irónico y más serio.