Interstellar, violencia en estado de gracia

Cada vez son más escasas las producciones de Hollywood en las que no hay derramamiento de sangre, disparos y enfrentamientos físicos. Sin embargo, Interstellar es, efectivamente, una producción de Hollywood. Pero aquí, la violencia es mucho más espiritual que física. No hay derramamiento de sangre, ni mucho contacto físico. No hay disparos. Y esto, para un largometraje de más de 2 horas y 40 minutos… Interstellar es una película de una violencia sin parangón, pero una violencia positiva, constructiva, que conmociona al espectador por la audacia del tema y la belleza de su forma.

Volvemos, sin desvelar los principales resortes de la trama, sobre una película que no ha dejado indiferente a nadie. Los que la amaron, quizá la amen más allá de la objetividad; los que no les impresionó, no están necesariamente desprovistos de mala fe; y los que no la han visto… necesariamente han oído hablar de ella. Un repaso a una de las películas estrella de la temporada cinematográfica 2014-2015, dirigida por Christopher Nolan, cuando la temporada cinematográfica 2015-2016 acaba de arrancar, con sus litros de sangre y múltiples disparos…

Como toda película de ciencia ficción que se precie, Interstellar comienza en un futuro muy cercano al nuestro y, sobre todo, más que plausible. La Tierra se está muriendo. La arena, el hambre y el desencanto han sucedido al brillo de una era capitalista que ha destruido todo a su paso. Para sobrevivir, tenemos que dar la vuelta a nuestros platos, ponernos máscaras en la cara y cultivar maíz, la única planta viable que queda. Los ingenieros, el ejército y los teléfonos móviles son cosa del pasado. Las tormentas de arena, cada una más destructiva que la anterior, se multiplican.

Y en medio, una familia. Un padre viudo, Cooper, se esfuerza por sobrevivir como agricultor. Antiguo piloto de la NASA, ya no puede ejercer, pues el programa espacial estadounidense ha sido clausurado por falta de financiación. Cría a su hijo, que está destinado a seguir sus pasos como agricultor, y a su hija, Murph, que es brillante pero demasiado disipada en clase. Por casualidad de unas coordenadas geográficas caídas del cielo (es además uno de los únicos puntos débiles del escenario escrito por los hermanos Nolan), el protagonista cae en un programa espacial secreto, cuyo objetivo es intentar colonizar otro planeta, para salvaguardar una humanidad en vías de extinción. Es un secreto a voces que Cooper, alias Coop, subirá a la nave, la pilotará y se embarcará en una Odisea del Espacio (la referencia a la obra maestra de Stanley Kubrick es claramente asumida por Christopher Nolan). La tripulación de exploradores tendrá que tomar prestado un agujero de gusano, una especie de agujero negro, que permite cambiar rápidamente a otra galaxia, para encontrar un mundo habitable y esperar poder transportar a la humanidad allí.

Una observación catastrófica, por tanto, es la base de esta película. Es una puerta, un punto de partida hacia la trama del largometraje, propiamente dicho. «Todo el mundo tiene que adaptarse», dice Cooper, el personaje interpretado por Matthew McConaughey, recién llegado de su victoria en el Oscar por Dallas Buyer’s Club. Aquí, la adaptación no consiste en tratar de sobrevivir en un mundo que falla, sino en avanzar, ya que no hay vuelta atrás.

Una vez establecido este contexto, en un camino deliberadamente largo (unos 45 minutos), tenemos que volver a él, el viaje puede comenzar. Y es seguro que el espectador recibirá una bofetada en la cara.

Una experiencia visual

El transbordador sale. Una vez que el despegue es exitoso, el espectador se embarca en una extraordinaria odisea visual. Sin embargo, las películas que se desarrollan en el espacio son numerosas… La Guerra de las Galaxias, Star Trek o, más recientemente, Guardianes de la Galaxia, forman sin duda parte del imaginario del espectador. Sin embargo, Interstellar renueva el género de la odisea espacial, como la película de Kubrick que la precedió. Christopher Nolan es uno de los únicos directores del mundo que sigue trabajando con una cámara de cine, con película, cuando la gran mayoría de sus colegas utilizan la tecnología digital. Un grano, un realismo impactante emana de la imagen de la película y es uno de los elementos llamativos.

Al polvo que asfixia al planeta azul le sigue el polvo de las estrellas, y su inmensidad, su infinidad. A veces, es cierto que la omnipresencia de los diálogos puede alterar la belleza de las imágenes, pero reconozcamos que es una audacia de Christopher Nolan renovar el género de la Space opera. Donde Stanley Kubrick dio paso a la contemplación, Nolan apenas da tiempo al espectador para descansar y reflexionar sobre lo que acaba de ver u oír. Tendrá mucho tiempo para hacerlo después de ver la película.

Para intentar salvar a la humanidad, nuestros modernos exploradores tendrán que cruzar un agujero de gusano, una distorsión del espacio-tiempo, que permite a la nave espacial, el Endurance, acceder a la galaxia que alberga tres mundos potencialmente habitables.

Una propuesta científica inusual

Algunos detractores de la película han señalado que las teorías científicas son demasiado complejas y se exponen con demasiada rapidez. Pero no hay que olvidar que Interstellar es ante todo una obra de ficción y no un tratado de cosmología. En esto, es un éxito total. Los personajes explican muchos principios científicos, es cierto, pero lo que cuenta es ponerlos en imágenes, en una historia. Y desde este punto de vista, la audacia de Nolan es inigualable. Retoma conceptos como la relatividad del tiempo, desarrollada por Einstein, o explora la complejidad de los agujeros negros. La forma en que se apropia de estas teorías y las hace realidad es sencillamente impresionante, y ese es el punto fuerte de la película.

Los científicos que acompañan a Cooper en su viaje interestelar explican la noción de relatividad del tiempo. En la Tierra, un día corresponde a 24 horas, pero en relación con el tiempo en las profundidades del Universo, una hora pasada en un planeta puede corresponder a 7 años en la Tierra, por ejemplo. Expuesta tan fríamente, la teoría es interesante, ciertamente. Sirve para preparar al espectador. Pero una vez que nos enfrentamos a ella, a través de la experiencia de los personajes, conmociona, literalmente, nuestra racionalidad. El espectador se enfrenta a la realidad de una teoría abstracta. Esta es la fuerza definitiva, y la violencia, de Interstellar, que, como toda buena obra de ficción, nos permite identificarnos con los personajes. Experimentamos, a través de los personajes, y de las interpretaciones actorales de gran eficacia, su realidad, que trasciende las teorías abstractas para convertirse en historias de la vida real. No todo el mundo será capaz de resumir las teorías con la misma claridad que los científicos al salir del cine. Pero la experiencia cinematográfica les habrá dado a todos la intuición, la sensación de conocerlos.

Nunca en la historia del cine se ha cuestionado tanto la noción de temporalidad. «Dijiste que la ciencia admite que hay cosas que no podemos saber», le dice Murph a su padre. Es la nobleza del cine, y de la ficción en general, intentar arañar la superficie de lo desconocido. Aquí, la relatividad del tiempo adquiere una fuerza que desafía nuestra racionalidad. En esto, también es una obra de divulgación, que propone Christopher Nolan. Además, es posible interpretar la temporalidad de la película, con respecto a la teoría de la relatividad. La primera parte de la película, en su mayor parte contextual, como hemos dicho, puede parecer un poco larga. Pero una vez que salimos de la atmósfera de la Tierra, el ritmo se acelera a una velocidad loca. Se acabaron los tiempos muertos y los giros constantes. En este sentido, es posible dividir la película en dos partes distintas, una en la Tierra y otra en el Espacio. Una forma de que el director, ya acostumbrado a jugar con el tiempo en Inception, haga que el espectador integre, de forma inconsciente, la cuestión de una temporalidad relativa, dependiendo de dónde se esté.

Como hemos visto, el imaginario cósmico desarrollado por Nolan es fuerte. También es fundamentalmente inédito. Tomemos el ejemplo del agujero de gusano, el paso obligado hacia la salvación de la humanidad. A día de hoy, ningún científico lo ha cruzado, ni siquiera se ha acercado. Sin embargo, muchos de ellos han trabajado con el director, para darle las claves científicas. Pero una vez asimiladas las nociones teóricas, Christopher Nolan optó por seguir su intuición, su instinto, para poner en imágenes este agujero de gusano. Propuso una visión, su propia visión, de lo que podría ser esta distorsión del espacio-tiempo. En ningún caso pretende hacer un documental sobre el Espacio, sino una ficción, de nuevo. Después de todo, ¿cómo podemos representar visualmente, de forma humanamente inteligible, algo que escapa a nuestros criterios dimensionales y normativos? Sólo la ficción puede tocar lo que se nos escapa, y en este sentido, Interstellar es tanto una proeza técnica como un éxito metafísico. Observemos que la representación del agujero de gusano, propuesta por Nolan, ha permitido además a los científicos verlo más claramente, y aprehenderlo, mejor que antes de la película.

Añadamos que Nolan, que tiene en cuenta la teoría científica, pero no la concibe como un fin, puede tener una especie de doble, en la película. El personaje de Cooper, ingeniero y piloto experimentado, también distingue entre teoría y práctica, o más bien pone la teoría al servicio de la práctica, de la utilidad. Mientras que los personajes que le rodean, a veces demasiado dejados de lado, suelen ser mucho más unívocos.

La música al servicio de la trama

Donde el científico busca convencer con argumentos racionales, el artista persuade por la fuerza del sentimiento, del afecto. En esta película, la música nos permite comprender, en cierto modo, integrar los conceptos que desarrolla. Como hemos visto, el tiempo es relativo. El ritmo de la música de Hans Zimmer también es relativo. Un tempo muy lento está presente en ciertas partes de la banda sonora, pero que, cuando los acontecimientos lo requieren, se acelera drásticamente.

Tomemos el tema titulado Montañas. Es, al sonido de éste, que el espectador se llevará una bofetada temporal. La pieza, compuesta a partir del sonido de las gotas de agua que fluyen, muestra bien el tiempo que huye. Como una forma de hacer que el espectador comprenda, inconscientemente, lo que está en juego en la trama, pero también para prepararlo, de antemano.

La relación entre música e imagen no es nueva, ni mucho menos. Sin embargo, hay que señalar que en Interstellar, el entrelazamiento de ambos está muy logrado. El inconveniente es la omnipresencia de los diálogos, que no dejan necesariamente espacio para la contemplación de las imágenes estelares o para una verdadera conciencia de la importancia de la música.

Como pueden ver, Interstellar es una obra completa y muy lograda. Lo cierto es que nadie, tras su visionado, sale indemne de esta nueva experiencia cinematográfica. Liberándose de los códigos de su arte, y de la ciencia, Nolan, y sus actores, dan a ver una obra que golpea nuestra racionalidad con una violencia y una fuerza muy raras. En este sentido, nos atrevemos a decir que Interstellar es una verdadera revolución copernicana.